Fue aproximadamente en el año 1950 cuando la Armada de Argentina tuvo la brillante idea de introducir 20 castores en tierras del sur del país. El motivo, explicaban, era dar un impulso a la industria de la piel ya que el pelaje del animal aportaba un nuevo valor y, pese a que los habitantes del lugar se mostraron en contra de esto, los castores fueron liberados igualmente.

Imaginemos cómo el hecho de vivir en este nuevo hábitat pudo afectar a los recién llegados castores. Pocos pero curiosos, los 20 castores se encontraron con un enorme nuevo hogar, lleno de bosques repletos de comida y, lo más importante, un hogar en el que no existían los depredadores que anteriormente formaban parte de su cadena trófica. Dicho de otra forma, los castores empezaron a alimentarse, crecer y a reproducirse a sus anchas y sin ningún tipo de control.

Evidentemente, la Armada se dio cuenta bien pronto de que habían cometido un error. Como es de esperar y pasados tan sólo 70 años, los castores seguían encontrando en Argentina un edén para expandirse y reproducirse, y en este corto período de tiempo la población se multiplicó por 5000.

Esto nos lleva a dos consecuencias devastadoras: en primer lugar, la destrucción de la superficie de los bosques a causa de la sobrepoblación de castores ha sido inmensa. En segundo lugar, es ahora cuando las autoridades han decidido acabar con la vida de los castores de la región -planean sacrificar unos 100.000-, pese a que sea demasiado tarde ya que mucha de la vegetación no puede volver a brotar.

Parece que, una vez más, son los animales los que acaban pagando por los errores de los humanos.

Fuente: Dmax.marca.com