Muchas campañas de preservación de especies en peligro o santuarios animales dedicados a la conservación de la especie tienen algo en común: en un esfuerzo por proteger a sus miembros, crean un entorno sano, limpio y libre de parásitos para que las infecciones no supongan una amenaza para sus individuos.

Aún así, un estudio actual de ecología y evolución nos demuestra que evitar que los animales entren en contacto con parásitos y gérmenes es algo que puede dañar a la especie a largo plazo. El motivo: a pesar del riesgo de infección y muerte, los parásitos otorgan una serie de beneficios inmunológicos que a la larga pueden ser la clave para la supervivencia de la especie. Dicha exposición puede tener como consecuencia un sistema inmune mejorado, resistencia a otros parásitos mejorada y, en general, supone el desarrollo de una defensa corporal más resistente contra cualquier tipo de infección.

El riesgo es aún mayor si tenemos en cuenta que algunos de estos programas y santuarios pueden tener como objetivo rehabilitar a los miembros de la especie para reintroducirlos en un hábitat natural. Es posible que, en este caso, los individuos sobreprotegidos no puedan hacer frente a los parásitos que se encuentran en la naturaleza. La evolución ha situado al parasitismo como un gran componente necesario para la vida en la Tierra: al menos 76.000 especies habitan como parásitos en 45.000 especies de vertebrados, mirado así, es difícil ignorar que romper este ciclo pueda suponer una amenaza para el equilibrio de un ecosistema.

Aunque a menudo los parásitos nos parecen desagradables y absolutamente innecesarios, proteger un ecosistema y ciclo también supone proteger y vigilar a aquellas pequeñas especies que ayudan al sostener el mencionado equilibrio natural.

Fuente: Discovery.com