Fue en 2010 cuando el Parlament de Catalunya votó a favor de la prohibición de los espectáculos de toros por 68 votos a favor vs. 55 votos en contra y 9 abstenciones. Por supuesto dicha prohibición supuso una alegría enorme para muchos catalanes y catalanas que desde hacía tiempo votaban por erradicar dichas prácticas, y así, Cataluña se convirtió en una tierra libre de crueldad animal en lo que a tauromaquia se refiere.

Pero estos últimos seis años de felicidad antitaurina, lamentablemente, no han acabado de convencer al Tribunal Constitucional español, que ha presentado un recurso en contra de la prohibición de las corridas de toros y está a la espera de hacer el anuncio público (por razones que no conocemos, el anuncio ha sido aplazado). La razón es algo rebuscada, y es el que el Tribunal declara que Cataluña tiene competencias para regular los espectáculos de toros pero no para prohibirlos. Otra razón más se basa en que, en España, las corridas de toros se consideran aún patrimonio cultural y cuentan con protección constitucional por ser un espectáculo de “minorías culturales”.

Pese a todo Cataluña resiste ante la presión, y el Govern ha declarado la decisión del Parlament de Catalunya es firme ya que fue aprobada de manera totalmente limpia y legal a través de votación democrática en el 2010.

Entendemos que todavía existan este tipo de cláusulas legales algo anticuadas y opinamos que ciertos bloqueos constitucionales deberían revisarse… pero al margen de las leyes y la política, vamos a sentarnos a pensar un momento. En un mundo que actualmente se considera tan moderno, abierto y que intenta ser cada vez más sostenible, más solidario y menos cruel por el bien de la humanidad, ¿tiene sentido que un festejo en el que se acuchilla a un animal acorralado e indefenso hasta que se desangra y al que se mutila sea considerado patrimonio cultural? La respuesta es no, no y no, y desde España, especialmente desde Cataluña, no nos cansaremos de votar en contra de la tauromaquia y de gritar a los cuatro vientos que ésta no es nada más que un perfecto ejemplo de crueldad animal llevada al límite.

Fuente: LaVanguardia